Sobre la práctica
Últimamente reflexiono mucho sobre el acto de hacer silencio, literal pero también simbólico. Dejar de hacer, pausar. Hacer espacio. Sobretodo en mi práctica fotográfica, que a la vez es una práctica sensible y necesaria de mi día a día.
Siento que muchas veces hacemos fotos por inercia. Y no digo que esté mal, muchas de esas imágenes que resultan son esenciales. Pero las disparamos desde un pensar que si no registramos no sucede. Y eso puede desconectarnos del acto en sí mismo de mirar, sentir y disparar.
Creo que las imágenes nos llaman la atención mucho antes de entender conscientemente la búsqueda de hacerlas. Los símbolos que nos llegan, la carga sensorial que nos trae lo visual, todo eso nos hace sentir cosas, muchas veces cosas que incluso no entendemos.
Entonces, reflexionando, pienso que el germen de comenzar a practicar fotografía (que no es lo mismo que aprender fotografía) está ahí: en que las imágenes nos hacen sentir cosas.
Cuando pienso en los elementos necesarios para una práctica fotográfica, pienso en la espontaneidad como uno de los importante. Aun así, contrario a lo que pensé durante mucho tiempo, no lo considero un ingrediente esencial. En la práctica está bueno mantener la constancia, seguir volviendo a ella incluso aunque creamos que no está pasando nada. Ahí, cuando insistimos, cuando confiamos, siento que está la magia.
La práctica sostenida nos permite habitar el proceso desde diferentes días, estados, estaciones, momentos. Y tal vez cuando dejamos de insistir en el para qué, la práctica encuentra su propio ritmo.
Aunque sigamos habitando momentos de pausa o de tener la cámara aparcada, comenzamos a entender que todos estos distintos estados son parte natural del proceso.
No se puede habitar el proceso creativo de otra forma: la actividad y la quietud (junto a todas las fases intermedias entre ellas) son necesarias.
Para mí, la práctica es otra forma de cuidar y nutrir la fe. No requiere claridad, pero sí una confianza que da goce cotidiano y nos permite percibir el mundo con otros ojos.
Porque hay algo bien claro: cuando no exigimos resultados se abre un espacio libre, sin juicio, en el que podemos crear, explorar y sentir desde la naturalidad.
Cuando la práctica deja de ser una promesa, cambia nuestra forma de habitarla: se vuelve más honesta, más sincera, más presente.
Cuando dejamos de preguntar ‘qué va a salir de esto’, nos entregamos al misterio. Cuando practicamos desde nuestra naturalidad, la práctica se vuelve esencial y, a la vez, ceremonia.
Este texto forma parte de un ciclo sobre la práctica. Si te deja pensando, me gustaría saber desde dónde.




