El ritmo: parte II.
Anatomía de la práctica fotográfica arteterapéutica
Si quieres leer la primera parte sobre el ritmo la encuentras acá.
Cuando entendí la importancia del ritmo ya nunca más pude dejar de observarlo e investigarlo. El ritmo no es una preferencia personal, es la condición que hace que una práctica sea nutritiva y no drenante.
En la nota anterior comenzamos a conversar sobre la importancia de conocer el ritmo propio de nuestra práctica. Entre lo que te contaba, traigo estas notas para recordar e hilar:
Un ritmo sano es orgánico, no se fuerza. No responde al ruido del afuera ni se deja arrastrar por la autoexigencia. Un ritmo sano cuida al mismo tiempo del ruido interno, lo escucha, lo acompaña. No intenta silenciarlo, pero sí regularlo para que no se desborde.
Sin ritmo no hay mirada profunda porque mirar necesita tiempo, presencia y pausa.
El ritmo se construye en colaboración con nuestro entorno y momento vital.
El ritmo no es una sola cosa, sino un conjunto de capas que abren distintas dimensiones dentro de la práctica:
Dimensión I — Ritmo como energía
En la nota anterior hablamos de aceleración orgánica vs. aceleración reactiva. Y hoy vuelvo a ella porque esta distinción nos permite ver al ritmo como un posible mapa: cuando habitamos el ritmo desde esta dimensión, lo que hacemos es observarlo, entender su origen y su razón de ser.
Esta dimensión nos habla del deseo, de la intención, de cómo diferenciar cuándo algo brota o cuándo algo nos empuja. Esto, además, está muy conectado con nuestro cuerpo y con nuestra energía vital: si la aceleración es orgánica lo sentiremos como una potencia natural, pero si es reactiva, la práctica perderá sentido y terminará drenándonos.
Dimensión II — Ritmo como relación con el proceso
La segunda dimensión del ritmo tiene que ver con la forma en que nos relacionamos con la práctica.
Cuando el ritmo está cuidado, la práctica se convierte en un espacio que podemos habitar. Y esto se vuelve especialmente claro en los momentos en que perdemos fluidez: cuando no sabemos qué fotografiar, cuando no estamos inspirados o sentimos que algo no avanza.
En esos momentos es fácil interpretar lo que pasa como un bloqueo o pensar que algo está mal: esto no es para mí, me falta talento, necesito formarme más… Pero muchas veces lo que realmente está pasando es que todo eso que nos incomoda es simplemente parte del propio proceso. El ritmo nos invita entonces a hacer algo simple, pero por momentos desafiante: pausar y observar.
Pausar la mente y el autodiagnóstico creativo. Observar qué está pasando, si hay algo que revisar, activar o quizá simplemente dar más tiempo. Observar sin exigencia, tratando de leer el ritmo propio y aprendiendo a acompañarlo. Dejándole el tiempo y el espacio que necesite.
Cuando escuchamos el ritmo de esta manera, empezamos a relacionarnos con la práctica desde un lugar más compasivo y nutritivo. El ritmo se convierte así en una forma de acompañar el proceso creativo sin violentarlo.
Dimensión III — Ritmo como ciclo
Con el tiempo también descubrí que el ritmo nos ayuda a reconocer en qué momento del proceso estamos. Y esto me parece algo esencial, porque la práctica creativa no es lineal, más bien todo lo contrario.
Me gusta mucho pensar en la metáfora del huerto porque siento que describe muy bien lo que ocurre. En la práctica hay momentos de siembra, momentos de crecimiento y momentos de pausa. Y si no los respetamos, tarde o temprano lo veremos reflejado. En el huerto también hay momentos de limpieza, de dejar ir lo que ya cumplió su ciclo para que algo nuevo pueda aparecer.
En la práctica fotográfica estos ciclos se vuelven muy claros cuando empezamos a observarlos. Hay momentos muy fluidos, como cuando sentimos el impulso de salir a fotografiar y llevamos la cámara con nosotras a todas partes. Otros en los que queremos compartir: editamos rápido, publicamos, maquetamos, enviamos.
Y también hay momentos en los que simplemente guardamos la cámara en el cajón sin fecha prevista de salida. O momentos en los que necesitamos detenernos, mirar con calma y tomarnos el tiempo para procesar lo que hemos hecho o no.
Cuando entendemos esto, dejamos de luchar contra el proceso. Comprendemos que no todo momento está hecho para producir. Y ya no nos asusta que pasen meses sin hacer una foto o que tengamos dos carretes sin revelar esperando desde hace tiempo en la nevera.
El ritmo nos orienta. Nos ayuda a reconocer cuándo es tiempo de crear, cuándo es tiempo de pausar y cuándo es tiempo de procesar e integrar lo vivido.
Confirmo entonces que el ritmo no es una sola cosa. Es un tejido de dimensiones que se entrelazan y que, cuando aprendemos a escucharlas, pueden ser sostén y guía. Una especie de brújula silenciosa dentro de la práctica.
Inspirada en Juana.txt cierro comentarios con la intención de cultivar un vínculo escritor/lector que exista en lo privado y lo honesto. ¿Te gustó esta nota y querés hacérmelo saber? Podés escribirme a hola@cruda.eu, dejar un ♡ en la publicación, o compartírselo a un amigo.
Aquí encontrarás el índice de esta serie de elementos que se irá construyendo poco a poco.
Anatomía de la práctica fotográfica arteterapéutica — I. El Ritmo
Anatomía de la práctica fotográfica arteterapéutica — II. El ritmo, parte II




